Alquimia
El vínculo imperecedero: Masonería y la sombra de la Alquimia
La Francmasonería, ese vasto y a menudo malinterpretado sistema de moral, velado con alegorías e ilustrado con símbolos, encuentra una de sus fuentes de sabiduría más profundas en las tradiciones herméticas y alquímicas de antaño. No es una mera sociedad de beneficencia mutua, sino un camino de autoconocimiento. Y en este camino, los principios de la alquimia no son meros adornos históricos, sino los cimientos mismos sobre los que se erige el proceso de perfeccionamiento individual del masón.
Al adentrarnos en la simbología masónica, descubrimos que su objetivo último guarda un paralelismo asombroso con la Gran Obra de los alquimistas. Si para estos últimos la meta era la obtención de la Piedra Filosofal, capaz de transmutar los metales vulgares en oro puro, para el masón la obra es interna: la transformación de su propia piedra bruta en una piedra cúbica perfecta. Es un viaje de purificación, donde las pasiones y ignorancias humanas, ese "plomo" espiritual, deben ser transmutadas en las virtudes y la sabiduría del "oro" filosófico.
Este proceso de transmutación no ocurre en un vacío, sino que está guiado por una comprensión de los principios universales que rigen la materia y el espíritu. La alquimia hablaba de la tríada esencial de principios: el Azufre, el Mercurio y la Sal. En el contexto espiritual masónico, estas fuerzas encuentran su eco en la interacción dinámica entre la voluntad consciente, el intelecto mediador y el cuerpo que los sustenta y cristaliza la obra. La armonía de esta trinidad es fundamental para que la transformación pueda tener lugar en el templo interior del iniciado.
Algunos de los rituales masónicos son un teatro alquímico viviente no sólo en proceso de Iniciación sino en los grados superiores del Rito Antiguo y Primitivo de Menfis -Mizram. El candidato, en su recorrido, se convierte en el propio sujeto de la obra. Sin entrar en detalles que no vienen al caso explicar aquí, se puede afirmar que los elementos alquímicos están presentes de manera sutil pero poderosa. El fuego, no como llama física sino como ardor purificador del espíritu; el agua, como elemento de disolución de las ataduras pasadas y de renacimiento; el aire, como vehículo del pensamiento elevado y la comunicación de la luz; y la tierra, como símbolo de la estabilidad, la realización y la materialización de la virtud. Estos no son meros conceptos, sino realidades experienciales dentro del espacio sagrado de la logia.
La propia logia, como recinto sagrado, es una representación del universo y, a la vez, del athanor u horno del alquimista. Es en este espacio delimitado y protegido donde el hombre imperfecto es sometido a las pruebas simbólicas que actúan como los diferentes procesos alquímicos. Estas experiencias, guiadas por la escuadra de la rectitud y el compás de la autolimitación, buscan separar lo sutil de lo denso, lo puro de lo impuro en la conciencia del iniciado, siguiendo el antiguo precepto de "solve et coagula".
La perseverancia en este trabajo es lo que conduce al denominado "Matrimonio Alquímico", una unión de los opuestos internos que da lugar a un estado de conciencia superior e integrado. En la Masonería, este estado se simboliza con la culminación de la construcción del Templo Interior, un espacio de paz imperturbable y sabiduría inquebrantable. Es la consecución de la verdadera Piedra Cúbica de Punta, el hombre realizado, cuyo impacto benéfico se irradia hacia su entorno, transmutándolo a su vez.
Así, la relación entre la Masonería y la alquimia no es una mera curiosidad histórica, sino un vínculo vivo y esencial. Revela que la Orden no es simplemente una institución fraternal o filantróprica, sino una escuela iniciática que conserva y transmite un conocimiento eterno sobre la naturaleza del hombre y su potencial divino. Un camino donde, a través del símbolo y el ritual, el iniciado trabaja pacientemente en su propia obra, recordando que para encontrar la luz dorada, primero debe recorrer con valor las sombras de su propia materia prima.

